Aprendí a quererte con miedo,
con cada viernes abstracto
y algo de furtivo.
Aprendí a quererte
con arañas y serpientes,
con un día de tres soles.
Aprendí a decir que te quiero
con ese miedo de pensarlo,
de creerlo y ahora no lo entiendo.
Aprendí con la crítica del lector
junto al deseo transeúnte,
junto al coraje de un niño
de veintiun años en el mes de marzo.
Aprendí a quererte
con esa loca idea
que ve cada calle
en el drenaje del olvido.
Aprendí con miedo y el mucho valor
de seguir pensando que podía quererte
como ahora te estoy queriendo.
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