El arroyo mezquino de la misteriosa
cascada del amanecer
espera sentado en la vereda de la esquina
oliendo el aroma húmedo de la calzada,
ese último momento
y mientras el silencio enseña su desnudez al viento
las luces de los pocos autos que alumbran
la miseria hecha cansancio en la batalla estúpida del regreso,
deslindan irónicos las vacías oscuridades inquietantes de la plaza.
Parece tan sin nada la mirada extenuante que
bordea el panorama infinito del cielo
y cuando las hojas de los árboles sacuden sin prisa
el polvo de los recuerdos
en la caminata un escalofrío certero golpea el cuerpo rústico
del pesado portón que sonríe al dar la bienvenida
y que deja entrar al pasado sediento de vida
y pesado de quebrantos
y que se acuerda sin ganas de quienes fuimos
y sin embargo hoy no nos reconoce
ya no sabe quienes somos.
Y esa mañana que amanece cada día
se despierta en su fantasía
como triste, como vacía, sin relojes o sin historias,
observa inerte y tan perdida el verso neurótico
del gris inmenso del cielo.
Y parece tan absurdo este poema
con sus frases suaves y melancólicas
que amontonan confusa candidez al leerlas,
confabulada corona entre el decir y callar,
entre el huir y el quedarse.
Embarullando cómicamente
el pasado de aquel amor
que se fue,que se gastó
pero a pesar del antro desconcertado que amalgama
soledad y tristeza en la frágil luz de la inocencia que nos vio volar.
Es mucho y tan poco haber vivido de aquel modo
huyendo de tus abrazos,
buscándole el halo milagroso de algún engaño
a la historia de aquellas horas de mamarracho,
horas que se han ido y de las que nada ha quedado.
Aún así el tiempo, como un viejo astuto
encenderá su pipa y quedará esperando
para vernos volver.
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