En las copas de vino de una noche sin luna
se han ahogado versos de primavera,
ironía de una confesión que se ha jugado ya su última carta.
Cuando le afina en los oídos
la melodía de su llanto
contándole en secreto a sus labios
del desierto insoportable que habita en su alma,
el infierno de esos beos que jamás le dio
queman la savia prístina de su vida.
La cárcel de esa excusa que nunca inventó
atormenta sus pétalos de niña y la estremecen
pues sabe de la calma que aguarda confundir,
esos abrazos congelados que tiene sólo para él
y estampar esas caricias proféticas que quizás no haya usado
en el lago de su cuerpo.
Porque en la distante sonrisa
que sus ojos diseñan
cuando deja huir su vida tras los pasos de su amor lejano,
el perfume incierto de una verdad que no le dirá
tal vez nunca, quizás siempre,
vulnerar su respirar, matando sus sentidos.
Su corazón sigue soñando, buscándole a su historia
el final eterno, inscrito en su melancolía lozana
cuando silbando frente a su puerta
lo ve pasar.
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