Hoy fue una tarde en que las nubes en el cielo
corrían carreras hacia el norte
llevando en sus canastas grises, ramilletes de lluvia.
Y en el mundo de gentes
había tantas miradas buscando apurar el reloj,
colgando despedidas en sus maletas
cuando se paseaban como en una plaza,
lágrimas muy orondas sobre ausentes mejillas nostalgiosas.
Y así el tiempo a mi lado iba pasando,
habían otros rostros confundidos
cargando con esa papeleta que les escondía
el permiso de volar hacía quien sabe dónde
en busca de un nuevo destino
o les cortaba las alas para regresar
y recobrar el pasado que alguna vez se extravió
y sin embargo yo, en el infinito de mi mundo
buscando el número de mi butaca
veo desfilar los coches caprichosos que se obstinan a no llegar.
Así se van yendo de la mano
con corbatas, de uniformes, enamorados, sollozos,
los pasos retumban en mis oídos
y el viento de la tarde que se ha puesto más terco
sacude con histeria un regreso emocionado.
Mientras yo en mi mundo infinito sigo soñando,
entonces el llanto de un niño me tiende en un aterrizaje forzoso
trayéndome de vuelta a la realidad.
Y veo pasar en fila tantos pasos en mis ojos
que no tienen nada para ofrecerme,
que me miran y no me ven
y del otro lado de esta geografía universal de caras,
los vendedores de esperanzas con sus gestos y silencios
quieren venderme sus obras maestras para seguir viviendo.
Hay tanta gente en la parada de la esquina
que se marcha y se queda,
que se esfuma y se queda,
que se esfuma y que vuelve.
Entonces ya no hay nada que descubrir,
todo sigue como si nada tuviera importancia,
los ojos, las maletas, los frenos chirriantes,
las despedidas, las nubes con sus canastas,
hay tanta gente en este sitio
y yo en mi mundo infinito
estoy solo.
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